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sábado, 29 de noviembre de 2014

La torturada vida de Frida Kahlo

frida 

La pintora más destacada de la historia artística mexicana logró lidiar con el dolor, proyectándolo durante 28 años en su producción pictórica, auténtica liberación existencial. | Su atractiva personalidad conquistó a intelectuales de la talla de Trotski y Diego Rivera, al que desposaría y con el que compartiría amantes.

Teresa María Amiguet

‘Lo único que sé es que pinto porque lo necesito’.

Frida era una mujer muy bella. Sus labios rojos, sus pobladas cejas y su cabello azabache, que adornaba con flores, la hacían muy atractiva. Pero más allá de su apariencia física, la artista mexicana poseía un singular talento que, respaldado por una fuerte personalidad, la convirtió en una leyenda del arte mexicano del pasado siglo.

Su trayectoria vital, marcada por el dolor, es tan singular como su proyección pictórica.

Bautizada Magdalena del Carmen Frida, a los seis años la pintora contrajo poliomielitis, viéndose obligada a guardar cama durante nueve meses. Los ejercicios de fisioterapia que le ayudaba a hacer su voluntarioso padre no le serían de utilidad, y su pierna y pie derechos quedarían deformados para siempre.

A los 20 años, aunque no tiene la intención de convertirse en artista, Frida empieza a pintar. Sus trabajos son en su mayoría autorretratos y retratos de su familia y amigos. Su talento artístico llama la atención de un respetado impresor amigo de su padre, Fernando Fernández, que la contrata como aprendiz para copiar grabados del impresor sueco Anders Zorn, y le adoctrina en la técnica plástica.

El 17 de septiembre de 1925, Frida se dirige a la Escuela en compañía de su novio, Alejandro Gómez Arias. La joven sólo tiene 16 años y sus padres no aprueban su relación. El autobús en el que viaja la pareja es arrollado por un tranvía. Frida resulta ser una de las víctimas más afectadas, quedando fracturadas su columna vertebral en tres partes, tres de sus costillas, la clavícula y su hueso púbico. El accidente deja su cuerpo lacerado y la artista, prácticamente paralítica, se ve obligada a yacer acostada o en silla de ruedas, con su casi destrozada columna vertebral siempre sujeta en dolorosos corsés de yeso.

Frida acierta entonces a hacer de su dolor un aliado, erigiéndolo en inspiración para su talento pictórico. La artista utiliza la pintura como válvula de escape para su sufrimiento físico, y empieza a autorretratarse en obras que reflejan su propia imagen ‘reconstruida’. Porque sus telas son su manera de rehacer su maltrecho cuerpo.

Cuatro años después del trágico accidente, Frida conoce a Diego Rivera, un muralista de prestigio veintiún años mayor, y sucumbe a los encantos del talentoso artista pese a su fama de Don Juan. La madre de Frida adivina el futuro tormentoso que espera a la pareja y no duda en tachar la unión como la de ‘un elefante y una paloma’. Su padre, más cauto y práctico, ve en esta relación un aliciente económico, que podrá aliviar la trayectoria vital de su hija a la que, enferma y tras una treintena de operaciones quirúrgicas (a muchas de las cuales la artista se había prestado experimentalmente) le aguardaba un futuro pecuniariamente incierto. El 21 de agosto de 1929 una simple ceremonia en el Ayuntamiento de la ciudad natal de Frida, Coyoacán, une en matrimonio a la pareja. Frida acaba de acometer ‘el segundo gran accidente de mi vida’, tal y como confesaría años después.

La trayectoria matrimonial de la pareja merecería capítulo aparte: dominada por la pasión y la tortura, tan tormentosa como enriquecedora artísticamente, constituye un hito de la historia artística mexicana contemporánea.

Diego Rivera, tan genial como ‘monstruoso’, hace de su convivencia un infierno pero, al tiempo, abre a su esposa horizontes que sin él le hubiesen sido vedados: accede a un ambiente intelectual poblado de artistas de renombre y de políticos de envergadura.

Frida continúa padeciendo graves problemas de salud y ve cercenado su deseo de ser madre en tres ocasiones, lo que supone para ella una gran frustración, la última en 1934. El año siguiente descubre que Diego le ha sido infiel durante años, y lo que más le afecta es que una de sus amantes ha sido su hermana pequeña, Cristina, con la que sólo se lleva un año. A raíz de este hecho decide divorciarse, al tiempo que, como réplica al licencioso comportamiento de su esposo, inicia una relación con el escultor americano Isamu Noguchi. Algunos testimonios explicarían que su relación fue abortada por un celoso Diego Rivera que, al saber de su intención de adquirir un apartamento en común, hizo acto de presencia arma en mano, poniendo fin al apasionado romance.

Las biografías centradas en la pintora narran la existencia de relaciones extraconyugales. Entre ellas se destacan las mantenidas con León Trotsky. Cuando éste, en compañía de su esposa pidió asilo político en México y el matrimonio Rivera, de conocida ideología comunista, les alojó en su hogar, Frida se convierte en amante del maduro ideólogo, que es obligado a abandonar el domicilio cuando Diego se entera del affaire.

Un año después, los Rivera acogen al matrimonio Breton. El escritor surrealista queda impresionado por la obra de su anfitriona. Frida siempre se negaría a ser clasificada como surrealista. La esposa de Breton, Jacqueline Lamba, se convirtió, según la rumorología, en amante de Frida. De hecho, sus biografías dan fe de que mantuvo relaciones con varias mujeres, algunas de ellas amantes también de su esposo.

Frida continúa creando y sus obras trascienden por sus modelos y su inspiración en la cultura mexicana, por su defensa del folclore del país frente a los modelos europeos tradicionales. Alcanza notoriedad también por sus retratos y, sobre todo, por sus autorretratos, que crean escuela: ‘Pinto autorretratos porque estoy sola muy a menudo y porque soy la persona que más conozco’ afirmaría.

En 1944 pinta ‘La columna rota’. Tiene 37 años y se ve obligada a sustituir sus ya dolorosos corsés de yeso por uno de acero. Su obra logra que su sufrimiento traspase la tela.

Para Frida cumplir los 40 será una mala noticia. Su salud, siempre frágil, acusa el paso de los años y la idea del suicidio empieza a rondarla. El destino se adelanta a sus propósitos.

La noche del 12 al 13 de julio de 1954, siete días después de su 47 cumpleaños, Frida, gravemente enferma de neumonía, fallece.

La tarde del 13 de julio Rivera consiente en envolver su ataúd en una bandera roja estampada con la hoz y el martillo. Su cuerpo es incinerado según su deseo. Las cenizas descansan en un jarrón precolombino en la casa que Frida compartió con Rivera.

Tomado de LaVanguardia.com






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