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viernes, 10 de octubre de 2014

Un fracaso llamado Venezuela (III): la plaga del caudillismo militar

Por: Jesús Antonio Petit da Costa
 
En dos siglos de vida republicana apenas hemos tenido cuarenta años de democracia aunque imperfecta (1959-1999), no obstante que las 26 constituciones promulgadas la han consagrado como sistema político. Y como un castigo por haber tenido por excepción esta democracia tan corta, la ha seguido la peor tiranía militar, en la cual a la tradicional barbarie se le ha agregado la traición a la patria con la cesión graciosa de la soberanía a Cuba, un acto ruin que nos avergonzará para siempre por haberlo permitido sin hacer nada para impedirlo. El acto infame con el cual hemos perdido la República es la conclusión lógica de la postración institucional causada por la plaga del caudillismo militar, una enfermedad epidémica, contagiosa y maligna. 

Entre nosotros el uniforme militar identifica al caudillo. Todo caudillo que se precie de tal debe ostentar uniforme militar. Por este motivo todos los políticos civiles vistieron uniforme militar desde 1811 hasta 1941. Eran políticos uniformados o políticos militares que convirtieron a la presidencia de la República en cargo militar. Esta tradición comenzó con Bolívar, un civil mantuano de los más ricos de Caracas, que concluida la guerra de independencia no se quitó el uniforme sino lo ostentó consagrándolo como el traje presidencial, a diferencia de Washington quien hizo lo contrario: se quitó el uniforme y se puso el traje civil reconociendo que la presidencia es un cargo civil. A partir de allí se extendió la plaga del caudillismo militar. Todos con uniforme de gala: Páez, un peón de hato; Soublette, otro mantuano; los hermanos Monagas, ganaderos de los llanos orientales; Falcón, un bachiller; Guzmán, un joven de la alta sociedad, hijo de político; Crespo, hombre de campo; Andrade, militar por herencia pero no de academia; Castro, un seminarista y dependiente de comercio; Gómez, un hacendado; y López, un bachiller. Ninguno era militar profesional. Se pusieron el uniforme para guerrear y después no se lo quitaron porque era el traje del poder. Sin el uniforme no eran poder. Con el uniforme eran, no sólo poder, sino poder absoluto.

Fueron civiles los que identificaron la autoridad con el uniforme y convirtieron a la presidencia de la República en grado militar. Una aberración política que explica el que Antonio Guzmán Blanco, un abogado egresado de la UCV con el título de Doctor en Derecho Civil, haya optado por preferir que se le llamara General y así se le conozca en la historia, omitiendo su título universitario. Fueron civiles los que crearon el culto al uniforme, disfrazándose de militar y manteniendo el disfraz para toda la vida.

A la identificación de la presidencia con el uniforme militar, y a éste como el traje del déspota, se debió que el único modo de cambiar de gobierno era alzarse en armas, la vía segura para que el civil alzado se pudiera vestir de militar. Para evitar que le sucediera lo mismo que a todos sus antecesores, Gómez inventó la FAN, un cuerpo profesional con monopolio de las armas. Por esta circunstancia hubo un cambio político sin duda: desaparecieron los políticos civiles que se vestían de militares (o sea, los políticos militares) y aparecieron los militares que hacen política considerando a la presidencia de la República como cargo militar y el de Comandante en Jefe como máximo grado militar, reservado por tanto a militares (o sea, los militares políticos). Los golpes de 1945, 1948, 1952, 1962, 1992 y 1999 demuestran que la plaga del caudillismo propagada por los políticos militares ha mutado en la plaga de los militares políticos. Y esta mutación se ha tornado agresiva. Para castigarnos por haber osado tener una democracia bajo presidencia civil los militares políticos han derrumbado todos los muros de contención al militarismo: la presidencia de la República es ahora un cargo militar que se ejerce con el grado de Comandante en Jefe, uniforme y distintivos propios; al presidente difunto se le llama Comandante Supremo en lugar de Presidente Supremo, poniendo el grado militar por encima del máximo cargo republicano; y la FAN, convertida en partido político armado, proclama su ideología: “patria socialista o muerte.”

Por su agresividad el militarismo extremo ha cometido el error de tomar partido por una ideología política y por ella ceder la soberanía a Cuba. En este error está su debilidad. Y la oportunidad para los militares que quieran salvar a la FAN, salvándose ellos mismos en dos pasos: liberar a Venezuela de Cuba y despolitizar a la FAN, dados los cuales los civiles nos encargaremos de desmilitarizar la presidencia de la República.

La historia enseña que de debajo de las piedras saldrá.
 
 
 
 
 
 

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