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miércoles, 9 de octubre de 2013

Guerra

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Junto a la palabra “muerte”, la palabra “guerra” ha sido un motivo recurrente en el discurso revolucionario bolivariano que sin duda encuentra sus raíces en la formación cuartelera de sus líderes –o mejor dicho, de su líder y sus secuaces-, y que ya en los días de cárcel del galáctico en Yare se manifestaba en sentencias como su infame “la guerra civil es fratricida pero necesaria”. Las reiteradas amenazas como “soy yo o la guerra” no requieren mayor mención, todos las tenemos presentes.

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La historia nos enseña que la guerra es un efectivo factor de proselitismo, unificación y cohesión del basamento popular, en especial en regímenes totalitarios, máxime si están tambaleantes. Cuando la dictadura militar argentina de Leopoldo Galtieri se encontraba en la sima de la popularidad y enfrentaba el más profundo repudio del pueblo, los generales decidieron lanzarse en una aventura suicida contra el Reino Unido por el rescate de las Islas Malvinas a sabiendas de que la temeraria acción fracasaría, pero con el objetivo de conquistar la simpatía y el aglutinamiento de los argentinos. Y sí tuvieron relativo éxito en esta meta, pues no solamente lograron cierta adhesión de la gente a tal causa nacionalista, sino que hasta los países de la región, a excepción de Chile y Colombia, apoyaron la criminal maniobra.

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El gobierno –si es que a esta desatinada gestión se le puede llamar así- de Nicolás Maduro encontró tropiezos desde el primer día que asumió labores presidenciales, al inicio como encargado, y luego como presidente electo fraudulentamente. Fue heredero de un desastre económico en el que el comandante eterno había sumido al país como consecuencia de sus intentos de instaurar el socialismo y de la quema acelerada de recursos para financiar el populismo fascista que lo mantuvo en el poder. No es un secreto que para las elecciones del 7 de octubre de 2012 sacrificó el futuro económico inmediato a estos efectos. Raspó la olla y hasta asumió más deuda externa para “invertir” en la que sería su última campaña electoral. Fue un acto suicida (como tantos que caracterizaron la conducta del portento de Sabaneta). Sin duda en lo más íntimo de su ser sabía que el pago por sus desafueros correspondería a quienes le sobrevivieran. Así, en diciembre la bomba de la debacle económica comenzó a explotarle al incapaz Maduro quien llamó a esta crisis heredada “la guerra económica”; guerra supuestamente librada por los EEUU, la derecha internacional y los apátridas de la oposición contra la revolución.

Muchos culpan a Maduro de las devaluaciones que siguieron, de las medidas imbéciles para el control de la economía que empezaba a colapsar, pero la realidad es que todos estos hechos tienen un autor póstumo: el gigante centauro barinés de quien dicen “vive”; y que sin duda vive en la implosión económica que le está dando muerte al régimen del colombiano piticubiche sin partida de nacimiento y en la ruina del país. No es cierto, como afirman tantos, que “Nicolás quebró al país”. No. Al país lo quebró Chávez, Nicolás solamente está a cargo de su liquidación.


¿Pero por qué llamar “guerra económica” al resultado del fracaso del socialismo? El uso de la palabra “guerra” no es casual. No se trata solo de una excusa, de desviar la culpa a otros, de proyectarse en terceros culpándolos de las fallas propias. Es más que esto. Es –mediante el mecanismo de la designación de un enemigo externo en calidad de chivo expiatorio- aglutinar alrededor de la causa de la guerra al erosionado pueblo chavista hoy ya casi inexistente. Un último intento desesperado por recuperar algo de ese pueblo que alguna vez fue chavista; por salvar algo de aquello que alguna vez se llamó chavismo: la secta destructiva que sin su líder mesiánico psicopático está fragmentándose y desapareciendo.


A la “guerra económica” ahora le sumaron la “guerra eléctrica” y la “guerra psicológica”. ¡Hasta le dieron nombre y apellido a esta última en ese esfuerzo fútil de definir a un enemigo a destruir!: J.J. Rendón, suerte de superhéroe según Maduro y sus cubiches, hombre de tales poderes que por sí solo es capaz de poner en emergencia a la dictadura bolivariana. ¿O quizás tal proeza no se deba a sus superpoderes sino a la extrema debilidad del régimen ilegítimo…?

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El uso de la palabra “guerra” encierra serias implicaciones. Además de exacerbar el espíritu nacionalista de los pocos seguidores que aún le restan al chavismo, y de recuperar las simpatías de alguno que otro de los espantados por los evidentes desatinos de Maduro y demás herederos del supremo sabanetero, ella es un llamado a la Fuerza Armada a cumplir su función primaria: la defensa nacional en caso de guerra. La FAN existe para la guerra. Es decir, al usar la palabra “guerra” por instrucciones de Cuba, se está convocando a la FAN a tomar parte en la defensa del país en contra de quienes supuestamente libran esta guerra: la oposición apátrida, los medios independientes (los 4 que quedan) que se atrevan a informar sobre la escasez y otras plagas socialistas, la derecha amarilla, los empresarios incapaces de satisfacer su función económica a consecuencia de las trabas socialistas, los académicos que denuncian la ruina del sector eléctrico y la desaparición como sobreprecio de $50.000 millones de los $80.000 millones “invertidos” en él, los dueños de supermercados imposibilitados de llenar los anaqueles debido a las distorsiones de la economía socialista, y todo aquel que de una forma u otra disienta del pensamiento único comunista.

La designación de un tercero como enemigo en el que el opresor –que se siente representante del bien- proyecta todas sus fallas, males y carencias, su esencia, le permite proceder luego a la aniquilación de ese enemigo –que representa para él el mal- sin remordimientos, sin culpa, con total convicción de que se está destruyendo algo maligno, ¡y hasta con la ayuda Dios! De que está cumpliendo con el deber. Lo cual es cierto en gran medida pues al destruir el mal propio proyectado en ese enemigo, el opresor está destruyendo esa parte malvada de sí mismo que tanto teme, odia, le avergüenza y desprecia, en un ritual de purificación de importancia vital. 

De allí que el Psicoanálisis considere la existencia del enemigo como necesidad indispensable para la vida del hombre.

Nicolás anunció el comienzo de una nueva etapa de la revolución si esta “guerra económica-eléctrica-psicológica” no cesa. Y no cesará pues en realidad es una guerra interna que libra el propio régimen portador del germen de su propia destrucción, contra sí mismo. La amenaza contenida en este anuncio que incluyó el llamado a milicias y otros grupos armados de la revolución, y que implica la orden a la FAN para que actúe, decreta la liberación de la más salvaje represión por la fuerza bruta, que es ya el único recurso con que cuenta un gobierno sin dinero, quebrado, arruinado, profundamente corrupto, con capacidad de endeudamiento copada, fracasado, sin arrastre popular, desprestigiado, sin credibilidad, incapaz de proveer ni comida, en fin, un gobierno que ya no tiene dólares para fingir bienestar ni para comprar lealtades. Un gobierno al que solo le queda el plomo; plomo que solo le garantiza su caída.

Leonardo Silva Beauregard
Twitter: @LeoSilvaBe

http://tururutururu.com/?p=8635

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