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miércoles, 3 de julio de 2013

VIOLENCIA POLÍTICA Y FUERZAS ARMADAS: ¿DESPUÉS DE LA TEMPESTAD EL DILUVIO?

  • Doctor en ciencia política y profesor universitario.
    Jorge Lazo Cividanes
    Suele considerarse como “pretoriana” una sociedad en la que los golpes de Estado son endémicos (1). El aspecto central, sin embargo, lo constituye el hecho de que en tales sociedades los distintos grupos, no sólo las Fuerzas Armadas, están politizados y trabajan dentro y fuera del sistema legal para alcanzar objetivos políticos. Dicho en otros términos, en un contexto de alta polarización, los actores estiman el recurso a la violencia como necesario o adecuado para dirimir sus conflictos. El uso ilegal de la fuerza se considera al menos tan válido como los mecanismos de cooperación asociados con la democracia, percibidos en tales circunstancias como disfuncionales o anquilosados. Las Fuerzas Armadas, un órgano del Estado concebido para garantizar la seguridad ante amenazas externas, se transforman, de este modo, en un actor político interno, sobre el cual recaen las mayores presiones. Éste es el escenario en el que transita Venezuela. Oscilante, como un péndulo. En un ir y venir entre la búsqueda de la conciliación y la inexorabilidad del enfrentamiento.

    En asuntos de Estado, la violencia -como la guerra, según Clausewitz- es la continuación de la política por otros medios. Una consecuencia indeseable pero previsible cuando faltan o se cierran salidas institucionales y negociadas. Responsabilidad histórica, eso sí, de quienes están en el poder. Aquellos quienes durante más de una década estigmatizaron a sus adversarios como “apátridas”. Los mismos que braman, siempre amenazantes, que la revolución es “pacifica, pero armada”. Esos que aseguran que los miembros de la oposición “no volverán”. Un acto de guerra, que sólo puede desestimar un insensato. Una sentencia de muerte a la democracia, que en Venezuela desde hace tiempo, para ser sincero, es un cadáver insepulto. En fin, una señal aciaga de que el desenlace será doloroso.

    La tensión política en el país sigue en aumento. Y conforme se agudiza vuelven mensajes más o menos velados a las Fuerzas Armadas, instigándolas a intervenir o reprochándoles su inacción. Al tiempo que el deplorable estado del país en todas sus áreas y la pérdida creciente de legitimidad del gobierno abonan la tesis de la tormenta perfecta, la conjunción de condiciones ideales para un quiebre, para una transición. Los fenómenos sociales, sin embargo, no son producto de factores que los determinen, sino de coyunturas, favorables o adversas. Y de la acción de los hombres, quienes hacen la historia. Sin liderazgo, si estrategia, sin convicciones que suplanten cálculos dudosos, no hay tormenta perfecta. Sólo pensamiento mágico.

    Por ahora, un factor inhibe el desbordamiento de la violencia. Ninguno de los actores fundamentales se siente suficientemente fuerte. Nadie quiere dar un paso en falso que pueda resultar fatídico. La camarilla que gobierna trata de amedrentar, de paralizar a través del miedo la protesta colectiva. Pero sabe que no puede reprimir abierta e indiscriminadamente y necesita de algunas fachadas institucionales para intentar mantenerse donde está. Colmada de contradicciones y sin proyecto, sobrevivir es su único objetivo. Al liderazgo de la oposición, obligado a producir el cambio, le agobia el amargo recuerdo del fracaso del 11 de abril y la huelga petrolera del 2002. Teme perder su capital electoral buscando una transición “vía rápida” o fast track. Las Fuerzas Armadas, por su parte, saben que mientras no tengan que reprimir a gran escala y su poder militar no enfrente una amenaza interna creíble podrán moverse ambiguamente entre la institucionalidad, la connivencia y la sumisión, girando alrededor de la constitución, sin abrazarla ni repudiarla. Asimismo, la corporación militar evita, por el momento al menos, un enfrentamiento interno, cuya magnitud equivale al tamaño de la fractura insondable que la recorre.

    Con el aliento contenido, se fija entonces un nuevo plazo, el 8 de diciembre. Pero sin garantías. En un contexto como el actual, el conflicto puede en cualquier momento desatarse. Si así ocurre, en un escenario de violencia, las Fuerzas Armadas deben inclinarse por su mejor opción, la institucional. Defender la constitución y la democracia, negándose a sostener por la fuerza un gobierno ilegitimo. Ello conlleva, igualmente, la obligación de neutralizar la acción de grupos terroristas y paramilitares utilizados hasta ahora por el régimen para amedrentar y reprimir ciudadanos venezolanos en el libre ejercicio de sus derechos. En un país, es bueno recordarlo, las instituciones republicanas representan lo perdurable; los movimiento político, lo transitorio, lo perecedero.

    La crisis requiere ser vista con perspectiva histórica. El legado de los 14 años de Hugo Chávez en el poder no es una revolución (ni consumada ni en tránsito), como temen muchos de sus adversarios y fantasean cínica o ingenuamente sus seguidores. Nos deja Chávez un régimen autoritario, en el que se fue militarizando la sociedad en nombre de la construcción presunta del socialismo. Como ocurre en la mayoría de tales regímenes, el gobierno copa el Estado e intenta convertir a las Fuerzas Armadas en brazo armado del partido (si bien únicamente lo logran aquellas revoluciones en las que el ejército partisano derrota al regular y quienes conquistan el poder por la fuerza organizan un nuevo ejército). Por tanto, la presunta conversión de las “Fuerzas Armadas” en “Fuerza Armada Chavista” es, hasta prueba de fuego, un acto de propaganda o una efímera digresión histórica conducida por una secta militar asociada a la cúpula en el poder. Un anacronismo. Un experimento contra natura. Un accidente.

    De generaciones pasadas recibimos la democracia y la libertad, pero como diría Raymond Aron frente al avance del fascismo y el nazismo en la Europa de entreguerras, “para salvar la herencia hay que ser capaces de conquistarla de nuevo” (2).

    (1) Huntington Samuel P. (1969) Political order in changing societies. New Haven. Yale University Press.
    (2) Aron, Raymond (1995) Machiavel et les tyrannies modernes. Paris. Editions de Fallois.


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