Saber
es una necesidad imperiosa del ser humano. Y un derecho inalienable del
ciudadano. Circunstancias estas altamente peligrosas para los poderosos
de todos los tiempos y signos ideológicos. De ahí que el simple derecho
de informar y querer estar informado le imprima al periodismo su
irrenunciable carácter contestatario. De ahí también que se le persiga
con tanto
afán. En definitiva, la curiosidad no ha sido nunca una experiencia
inocente. Así ha sido desde que Adán se arriesgó a ser expulsado del
paraíso para siempre, sólo por querer saber y pensar por sí mismo. En
gran medida, la historia de la humanidad reseña esa difícil lucha
universal del hombre por ser libre: según Marcuse, la eterna
confrontación de Eros y Tánatos.
Cuando hace pocos días Hugo
Chávez advirtió que informar sobre la contaminación de aguas, que debían
ser potables y al parecer no lo son, constituía un acto de terrorismo y
tranquilamente le impartió instrucciones tajantes a la fiscal general
de la República para actuar penalmente contra quien se atreviera a
hacerlo, lo que en verdad hizo fue darnos a conocer, ya sin disimulos ni
disfraces, uno de los principales rasgos que definen a la perfección el
sistema de gobierno que prevalece en esta Venezuela nuestra del siglo
XXI. Y, por supuesto, la suerte que le aguarda a quien se resista a
pasar por el angosto aro de la afonía sin remedio.
La desmesura
de esta orden presidencial, la sumisión con que la fiscal la acató sin
chistar y la vertiginosa velocidad con que el Poder Judicial dictó su
inaudita medida cautelar sólo para satisfacer el deseo personal del
Presidente de no ser cuestionado por nada ni por nadie, revela la
magnitud de un abuso de autoridad sin precedentes. Juan Vicente Gómez,
por ejemplo, o Marcos Pérez Jiménez, para encerrar a los ciudadanos en
ese túnel de silencio en el que se pretende obligar a Venezuela a
adentrarse de nuevo, tuvieron que apelar al ilegítimo poder que les
otorgaba la fuerza brutal de las armas. El régimen actual rehúye esa
modalidad del combate frontal y recurre, por primera vez en nuestra
historia, al mucho más ilegítimo y perverso artificio de utilizar los
mecanismos formales de la democracia para dinamitar, mediante una
circunvalación oportunista, los fundamentos reales de la libertad.
Quizá
sea bueno recordar la advertencia que le formuló Fidel Castro a un
grupo de militantes venezolanos de extrema izquierda reunidos en el Aula
Magna de la UCV la noche siguiente a la primera toma de posesión de
Chávez: "No le pidan a Chávez hacer lo que nosotros hicimos hace 40
años." El argumento empleado por Castro era que la situación mundial
generada por el desmoronamiento del Muro de Berlín y el fin de la URSS
era muy distinta de la que existía en 1959 y, en consecuencia, para eso
también sirve la dialéctica, había que modificar las estrategias y las
tácticas con el objetivo de alcanzar exitosamente los mismos fines de la
Revolución cubana, pero por caminos muy otros. Precisamente lo que
había señalado el propio Chávez horas antes, al glosar en su discurso de
toma de posesión la famosa sentencia de Carl von Clausewitz de que la
guerra es la política por otros medios. Para él, afirmó aquel día, sin
que muchos comprendieran entonces el sentido exacto de sus palabras, "la
política es la guerra por otros medios".
Pues bien, eso es lo
que tenemos ahora entre manos. La guerra por otros medios. El mismo
proyecto cubano, pero bajo una capa, cada día más delgada, de opaco
barniz democrático. Elecciones a granel para legitimar un poder cuya
legitimidad procede en realidad de sí mismo. Poderes públicos
supuestamente autónomos que para serlo, ceremonia suprema de la
confusión, primero deben renunciar a su independencia. Justicia que sólo
sirve para darle forma legal a lo que desde ningún punto de vista lo
es. Silencio, el más insondable silencio, para que nada se sepa del
estado de salud del Presidente, de los miles de asesinados que se apilan
cada año en las morgues de todo el país, del despilfarro, de esto y de
aquello. De la impunidad rampante, de los derrames petroleros y, por
supuesto, de la contaminación de las aguas. De la quiebra de Pdvsa y de
la quiebra del país. Para que no se sepa nada de nada en vísperas de
unas elecciones que, si llegan a celebrarse, culebra a punto de morderse
la cabeza, bien pueden marcar el principio del fin de este silencio
total que se les quiere imponer a toda costa a los venezolanos, o el
imperio absoluto del caos. En la práctica, ¿ahora sí patria chavista o
muerte?


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