En todo el continente
americano, y podríamos decir en el mundo, aparecen con frecuencia
sorprendente trabajos periodísticos de análisis de la situación
venezolana, de mayor o menor rigor y profundidad. Las razones de este
interés generalizado, nada habitual sobre una nación iberoamericana, van
desde la gravitación histórica y política del país en Latinoamérica, la
decisiva condición de productor de petróleo, pero por sobre todo la
impresionante capacidad de irritación, verdaderamente universal, del
comandante-presidente Hugo Chávez y la aparente posibilidad de su pronta
salida del poder, por razones de muerte o de derrota electoral.
Esta última posibilidad
se ve potenciada, para observadores pacíficos, democráticos y algo
ingenuos, por el resultado sorprendente de unas recientes elecciones
primarias de la Mesa de la Unidad Democrática, en la cual participamos
un 17% del padrón electoral (más de tres millones de votantes), lo que
constituyó según los entendidos un récord mundial (la mayor votación en
una elección de similar perfil, conocida hasta ahora había tenido lugar
en Portugal, y representó el 8% de los votantes). Todo suena muy obvio y
promisor; sin embargo no es tan sencillo como muchos pretenden,
desgraciadamente.
No me gusta el papel de
“aguafiestas” pero la política se convierte en materia inasible cuando
sucumbimos a nuestros buenos deseos, valores democráticos y civilizado
pacifismo, frente a un régimen que representa y practica todo lo
contrario, frente a un régimen delictivo, reacio a toda normativa
jurídica civilizada, que exalta lo más primitivo y negativo de la
condición humana, indiferente a las criminales consecuencias de una
política de Estado, basada en la destrucción de las instituciones y en
el odio como valor supremo.
Chávez ganó en buena
ley, de forma indubitable, las elecciones presidenciales de diciembre de
1998; a partir de entonces, la maquinaria del poder ha estado dedicada a
la destrucción sistemática de todas las instituciones, Poder Judicial,
Poder Legislativo, poderes regionales descentralizados, municipales y
con particular empeño, el supuestamente ascendido “Poder Electoral”,
convertido teóricamente en poder del Estado, pero que en la práctica se
reduce a ser una oficina presidencial del fraude electoral continuado y
nunca detenido del régimen.
En pocas palabras, en
Venezuela no hay “estado de Derecho” ni en consecuencia seguridad
jurídica de ninguna clase, mucho menos garantías para un proceso
electoral transparente y confiable. En ese entorno, es incomprensible el
empeño suicida en no alertar a la población, en dejarla ignorante y
pretender que se convierta en cordero propicio al sacrificio. El
argumento, único y al parecer incontrovertible, es que decir la verdad,
pedirle al ciudadano que aterrice y asuma su responsabilidad frente a sí
mismo, a su país, familia e historia, es desincentivarlo a votar,
favorecer la abstención.
Tal posición revela que
carecemos de un liderazgo democrático responsable y serio, dispuesto a
defender con coraje los valores de la libertad y de la
representatividad, frente a un estado -con obligatoria minúscula- felón y
desnaturalizado, que se apoya en la siembra del miedo, de la división
social, del apoyo de unas Fuerzas Armadas supuestamente chavistas,
casadas con el “proceso”, es decir con el ungido que nos gobierna desde
La Habana y en la constante mención de un supuesto arraigo popular que
hace tiempo dejó de existir. De hecho, las manifestaciones, marchas,
apariciones del pueblo rojo, rojito hay que medirlas por el número de
buses que movilizan desde todo el país, pagándoles y obligando a los
empleados públicos a concurrir. Podemos decir, sin exagerar, que son
concentraciones portátiles, dirían los franceses “pret a porter”.
Eso que se llama el
pueblo llano, el proletariado, la gente sencilla tiene, por un atavismo
más que explicable, tendencia a la suspicacia, a la desconfianza.
Mientras más se les haya engañado, más reacios son a sucumbir a los
cantos de sirena; esas clases denominadas D y E sufren en carne propia
las desandanzas y las locuras del gobierno, y ningún gobierno en la
Historia de Venezuela ha engañado más que el de Chávez. Cualquier
observador, medianamente entrenado, puede sentir y medir el rechazo que
se ha generalizado, ni el G2 cubano, ni la exhibición feérica de un
armamento sofisticadísimo y proporcionalmente costoso, ni las amenazas
del mini-Júpiter de utilería, impedirán que los venezolanos voten o
“boten” a patadas al déspota. Los dirigentes, o los que pretenden serlo,
deben asumir su responsabilidad, y propiciar y encauzar la marea
popular. Es la hora de la verdad.
Se requiere un proceso
de transición que desmonte el aparato autoritario del régimen y cree las
condiciones reales de un retorno a la institucionalidad, no a la que
existía hasta 1998 -infinitamente mejor que esta-, sino a un esquema
estatal que propicie un crecimiento económico con profunda justicia
social; más que distribuir mejor la riqueza hay que crearla, Venezuela
tiene con qué hacerlo, pero el trecho por recorrer es largo. Cuando
llegó Chávez al poder, importábamos el 30% de los alimentos que
consumíamos (cifra a mi juicio escandalosa); hoy, gracias a la
“revolución bonita”, importamos el 70%, es decir, somos uno de los
países más dependientes del mundo. Sin una transición real y realista no
habrá bases para un sistema plural, democrático, inclusivo que es lo
que necesitamos. Glosando a Luigi Pirandelo, la nueva Venezuela es una
obra en busca de autor.




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