
“El Venezolano es demócrata, quiere la libertad, por ella ha peleado y se ha sacrificado a lo largo de nuestra historia…Y nuestro deber de dirigentes políticos, sea cual fuere la ideología que profesemos, es el de hacer que despierten esas voliciones en nuestro pueblo, actualmente adormecidas, pero de ninguna manera muertas”.
Así escribió Rómulo Betancourt en una carta a Rafael Caldera en noviembre de 1956. Plena dictadura.
Los líderes políticos que aspiren representar algo más que un accidente en la historia deben conocer a sus pueblos, poner sus anhelos por encima de sus apetencias y ver más allá de sus narices. Rómulo Betancourt fue un visionario y por ello sus escritos son una cantera inagotable de enseñanzas que perfectamente podemos referir a nuestra actualidad, sin quitarle una coma.
El que se figure que este es un pueblo entregado, debe leer a Betancourt. El que crea que las salidas están cerradas porque la oposición política no se pone de acuerdo, es recomendable que se lea a Betancourt. El que concluya que no hay más alternativa que esperar a la próxima elección, mientras la barbarie toma terreno, sugiero leer a Betancourt. Y el que se imagine que es posible pasar agachado, absteniéndose de tomar posturas, en calculada espera por mejores tiempos, lea también a Betancourt.
Si se equivocaba, asumía sus errores y se empinaba sobre ellos. Si había que ser guapo, él era más que ninguno. Si tenía que conspirar, conspiraba. Si mandaba, ni renunciaba ni lo renunciaban. Y si de resteo se trataba, pues definía sin remilgos con quién estaba y contra quién estaba. En momentos de gravedad para la vida de un país, un líder tiene que sentar criterio en lugar de correr la arruga y tiene que identificar puntos de encuentro en lugar en lugar de atrincherarse en sus malcriadeces.
Si bien es cierto que, a pesar del curso intensivo de diez años continuos ese liderazgo no aparece, también lo es otra certeza. La sociedad sí que ha madurado y aprendido. Hace economía del riesgo y muestra, a quien pueda interesar, al menos tres asuntos en los cuales no está dispuesta a transigir, a saber: los hijos, la libertad de expresión y la propiedad de cada cual. Chavistas y no chavistas coinciden en tales reparos. A nadie gusta que se metan con esas tres cosas. El que no lo exterioriza lo lleva in pectore y sólo es cuestión de tiempo el que se sume a la protesta abierta.
Hasta ahora, la respuesta es atomizada, a veces espasmódica, lo cual no implica que no exista, clara y recia. Lo que Betancourt llamaba “las voliciones” es lo que se interpone entre el poder absoluto y su capacidad de persistir. El día en que entronquen con un liderazgo que surja de la lucha social, que sea capaz de prefigurar un país y no un proyecto y que entienda que el cambio no puede ser mofletudo sino robusto y completo, entonces se juntará el cielo con la tierra.
Ese día lo veremos. Por lo pronto, leamos a Betancourt. La Fundación que lleva su nombre ha publicado una selección de escritos políticos fechados entre 1929 y 1981, compilados por el historiador Naudy Suárez. Allí está todo lo que interesa leer…por ahora.
Macky Arenas
Socióloga y periodista venezolana
mackyar@gmail.com
Los líderes políticos que aspiren representar algo más que un accidente en la historia deben conocer a sus pueblos, poner sus anhelos por encima de sus apetencias y ver más allá de sus narices. Rómulo Betancourt fue un visionario y por ello sus escritos son una cantera inagotable de enseñanzas que perfectamente podemos referir a nuestra actualidad, sin quitarle una coma.
El que se figure que este es un pueblo entregado, debe leer a Betancourt. El que crea que las salidas están cerradas porque la oposición política no se pone de acuerdo, es recomendable que se lea a Betancourt. El que concluya que no hay más alternativa que esperar a la próxima elección, mientras la barbarie toma terreno, sugiero leer a Betancourt. Y el que se imagine que es posible pasar agachado, absteniéndose de tomar posturas, en calculada espera por mejores tiempos, lea también a Betancourt.
Si se equivocaba, asumía sus errores y se empinaba sobre ellos. Si había que ser guapo, él era más que ninguno. Si tenía que conspirar, conspiraba. Si mandaba, ni renunciaba ni lo renunciaban. Y si de resteo se trataba, pues definía sin remilgos con quién estaba y contra quién estaba. En momentos de gravedad para la vida de un país, un líder tiene que sentar criterio en lugar de correr la arruga y tiene que identificar puntos de encuentro en lugar en lugar de atrincherarse en sus malcriadeces.
Si bien es cierto que, a pesar del curso intensivo de diez años continuos ese liderazgo no aparece, también lo es otra certeza. La sociedad sí que ha madurado y aprendido. Hace economía del riesgo y muestra, a quien pueda interesar, al menos tres asuntos en los cuales no está dispuesta a transigir, a saber: los hijos, la libertad de expresión y la propiedad de cada cual. Chavistas y no chavistas coinciden en tales reparos. A nadie gusta que se metan con esas tres cosas. El que no lo exterioriza lo lleva in pectore y sólo es cuestión de tiempo el que se sume a la protesta abierta.
Hasta ahora, la respuesta es atomizada, a veces espasmódica, lo cual no implica que no exista, clara y recia. Lo que Betancourt llamaba “las voliciones” es lo que se interpone entre el poder absoluto y su capacidad de persistir. El día en que entronquen con un liderazgo que surja de la lucha social, que sea capaz de prefigurar un país y no un proyecto y que entienda que el cambio no puede ser mofletudo sino robusto y completo, entonces se juntará el cielo con la tierra.
Ese día lo veremos. Por lo pronto, leamos a Betancourt. La Fundación que lleva su nombre ha publicado una selección de escritos políticos fechados entre 1929 y 1981, compilados por el historiador Naudy Suárez. Allí está todo lo que interesa leer…por ahora.
Macky Arenas
Socióloga y periodista venezolana
mackyar@gmail.com


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