
La prisión del estudiante Julio César Rivas. Pasar por alto lo que ocurre con el ensañamiento judicial en contra de este universitario, es pretender tapar el sol con un dedo. En Venezuela, como en los distintos países del mundo, los movimientos estudiantiles siempre han sido de vanguardia en el desarrollo de las luchas populares. Los nombres de Eutimio Rivas (1936), Livia Gouverneur (1961) y Belinda Álvarez (1993) quedaron escritos como muestra fiel de los resultados represivos emprendidos por los Gobiernos de turno para acallar la protesta popular. En nuestro país, en el momento de su mayor persecución, Betancourt desempolvó un decreto mediante el cual se podía acusar a un estudiante de vago y maleante, y en consecuencia enviarlo a las Colonias Móviles de El Dorado. Otros retenes judiciales se atiborraron de escolares tras la represión de los años 60. La mayoría de los secuestrados y detenidos eran estudiantes comprometidos con el PCV y el MIR. Después llegaron los años 70 y la represión de Caldera llevó a la cárcel a centenares de estudiantes. Recuerdo que siendo alumno del Fermín Toro, un día de disturbios, perseguidos por los cascos blancos nos refugiamos en el edificio Restrepo de la esquina de Solís, en la sede de MEP. En esa ocasión el maestro Prieto tuvo que salir a la puerta para impedir el asalto de los uniformados. Concluida la refriega, Prieto le respondió a Caldera: “Estudiante que no protesta es un castrado”. Otro día volvimos a la Plaza Bolívar de Caracas. Ocurrió un 19 de abril de 1972. La protesta fue disuelta a sangre y fuego por la policía. La consigna “Bolívar, despierta que asesinan a tus hijos” retumbó en el centro caraqueño. Detrás nuestro estaban los soplones del Gobierno señalándonos. Pero poco o nada pudo el amedrentamiento y 32 estudiantes resultaron asesinados por las policías de Caldera a lo largo de su mandato. Recuerdo aquella pinta que estampamos con un aerosol en una calle de El Silencio: “Tú lo viste nacer, y lo viste crecer, y lo viste caer bajo las balas de las bestias amaestradas del Gobierno, no lo olvides”. Ese grafiti llevaba implícita nuestra voluntad de no doblegarnos ante la represión. Para enfrentar la arremetida policial utilizamos aquellas chinas que en la infancia nos sirvieron para cazar lagartijas. Ahora, cuando el estudiante Julio Rivas es llevado a un tribunal acusado por un canal de televisión de incitar a la guerra civil, es irónicamente señalado por algunos reporteros que años atrás mantuvieron la represión a raya a fuerza de piedra y botella. Entretanto, la juez que le ha dictado medida privativa de libertad ha descubierto que la china es un arma genérica y considerando a Rivas un engendro de monstruo lo ha referido a una de las más tenebrosas cárceles del país. ¿Qué ha pasado con la justicia venezolana? Nada, simplemente que siguió siendo la justicia burguesa del pasado, represiva y cruel para con quienes disienten del establismenth. Se trata de jueces a quienes les ha faltado el coraje no para llevar gente a esas cárceles putrefactas, sino para cerrar esas mazmorras. Allí está el sistema que señala constantemente que la revolución se quedó en el pasado y que no ha podido resolver uno de los más graves problemas que han debido ser subsanados por el proceso de cambio. Cómo explicarle al pueblo que Rivas debe estar preso en El Rodeo mientras que otros afectos al Gobierno gozan de régimen de presentación. A lo largo de 1993 participé en manifestaciones reclamando que los presos del 4F y 27N no fueran criminalizados. Ellos habían optado por el camino de las armas para disentir del Gobierno de entonces. Teníamos la experiencia de cómo fueron ejecutados Federico Bottini, Pancho Alegría, Tito González Heredia y Jesús Márquez Finol (sólo por mencionar algunos). Ellos fueron presentados ante los medios como delincuentes y no como revolucionarios. Hoy el trato es el mismo: Se pretende hacer ver como delincuente a todo aquel que decida enfrentar al Gobierno en el terreno que sea. Que se sepa, a Julio César Rivas pueden sumarle todos los cargos que quieran, pueden llevarlo a una cárcel extrema, pero todo el país sabe (afectos y contrarios) que él no es un delincuente. Repaso a Federico García Lorca y encuentro una carta que le escribe a Miguel Hernández en prisión. Un párrafo dice así: “Me acuerdo mucho de ti porque sé que sufres con esas gentes puercas que te rodean y me apeno de ver tu fuerza vital y luminosa encerrada en el corral dándose topetazos por las paredes. Pero así aprendes. Así aprenderás a superarte en ese terrible aprendizaje que te está dando la vida”. Ahora, ¿nosotros qué esperamos de Julio César?, esperamos sobre todo la intransigencia moral del prisionero de conciencia, amalgamada en su sentido de dignidad, honor y justicia.
Miguel Salazar
http://www.lasverdadesdemiguel.net/noticias.asp?co_clasif=8&id=1009


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