Hay un pasaje del Quijote en que el Caballero de la Triste Figura reprende dulcemente a Sancho Panza, a causa de la terquedad de sus rencores. Le reprocha lo difícil que le resultaba al fiel compañero de andanzas, olvidar la injuria que alguna vez le habían hecho.
Eso, juzgaba el Quijote, lleno de razón, no era de pechos nobles y generosos. "¿Qué pie sacaste cojo, qué costilla quebrada, qué cabeza rota, para que no se te olvide aquella burla?", sermoneaba el ingenioso hidalgo, a Sancho Panza.
La imagen puede ser tomada, a objeto de emplazar al hombre que, en la alborada del siglo XXI, enfundado en armaduras obsoletas, va, ruidoso, a lo largo del mundo, animado por las calenturas de tesis desmentidas, de doctrinas fracasadas; y es visto cabalgar sobre los lomos de historias ya superadas, encima de desgracias ya lloradas con amargura, de leyendas contrahechas. Desde Siria no ha tenido ningún reparo en calificar de estúpidos a quienes no cesan de protestar contra sus desafueros, ahora, para mayor escozor del poderoso, en escala global, como corresponde en tiempos de fronteras disipadas, cuando resulta imposible someter la palabra y apresar el mensaje que en cuestión de segundos reproduce el prodigio tecnológico en el otro extremo del planeta.
Visto en su contexto, es comprensible la volcánica reacción del mandamás. Acababa de asistir, en Trípoli, al soberbio festejo de los 40 años de Muammar Gaddafi en el poder. El líder de la revolución libia también ascendió al estrellato tras un golpe, y, a sus 67 años de edad, fuerte todavía, ya escogió a uno de sus hijos como el sucesor (y llaman presidente de facto a Roberto Micheletti, en Honduras, designado por el acuerdo unánime de poderes legítimos, ante la amenaza en marcha de pisotear la Constitución, y empeñado, como está, el azorado Micheletti, en garantizar las elecciones que lo pondrán a un lado).
40 años en el poder, cuántas veces habrá suspirado. "Socialismo puro", llegó a exclamar, con incontenible deslumbre, el discípulo bolivariano, arrellanado muy a gusto junto al coronel Gaddafi sobre unos lujosos tronos con aire imperial, separados del pueblo por una valla transparente a prueba de balas. Qué mejor ocasión que esa para saborear la delicia de ejercer el mando absoluto, ajeno a la crítica, en postura inapelable, sin asomo alguno de disidencia hasta donde la vista alcance. Después partiría hacia Argelia, Siria, Irán, Bielorrusia, Rusia. ¿Dónde podría esperarse que se nutriera de alguna inspiración democrática?
Llamar estúpidos a quienes hacen oposición no tendría mayor trascendencia si esa visión despectiva, grosera, intolerante, no estuviese acompañada de una escalada de violencia con sello oficial, de ahogo sistemático de las libertades públicas e individuales, de una intrusión abusiva que ha sumido al país en espeso abatimiento. 40 presos políticos, más de 100 imputados en tribunales sumisos, 150 trabajadores con expedientes abiertos, 120 estudiantes universitarios investigados, 1.527 agricultores bajo libertad condicional, 800 casos de agresiones contra periodistas desde 2002, una dolorosa fuga de cerebros y cientos de solicitudes de asilo, describen un drama cuyo desenlace nadie está en condiciones de predecir.
Todas las dictaduras, nos recuerda Fernando Mires, quieren aparecer vestidas con ropaje democrático; pero no soportar el reproche colectivo, y hasta el rechazo abierto de quienes con todo derecho abrigan sueños distintos, tomar la protesta a modo de ofensa, de traición a la patria, y perseguir al adversario, visto como enemigo a pulverizar, en esencia nada de eso es compatible con la democracia. Ni es de pechos nobles y generosos, soltaría el Quijote.
Y ese alucinado caballero de leyendas contrahechas que nos desprecia, hipoteca el futuro de todos en su obstinación de conducirnos, con grillos en los pies, hacia una tierra prometida que legiones enteras desandan, en diversas latitudes, aferradas a la idea fija de no volver jamás.
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