Esto del manipuleo de las reservas de oro no deja de ser una ofensa al Banco Central de Venezuela como institución en sí, que le permite esto y mucho más, y lo cual es grave porque ese es el tesoro público, que debe estar al resguardo en sus bóvedas como algo sagrado.
Le tomaron la palabra al economista Orlando Ochoa, y así nuestro teniente coronel le dio en la cara con los lingotes de oro; a propósito de un escenario que a éste se le había ocurrido imaginar en un programa de televisión.
Así había colocado a un Chávez, con los ojos abyectos de codicia, frente a las barras doradas de nuestras reservas internacionales en cadena nacional; habiendo dado la orden de que se las trajeran, para él conocer lo que era eso de ese tesoro monetario contenido en el metal precioso, y que, en efecto, fue lo que vino a suceder días después; con toda la soberbia del caso el hombre apareció en pantalla, tal cual lo imaginó el economista Ochoa, y es por esto que yo digo que Chávez le tomó la palabra; tanto más porque en días pasados el presidente del BCV, Nelson Merentes, con ocasión de su asistencia a la Asamblea Nacional en el debate que se suscitó allí sobre el tema, evocó también la imagen ideada por el economista Ochoa con una cierta ironía. O sea, la cadena fue para responderle a él, lo que significa que esta gente se picó, para decirlo en términos coloquiales, habida cuenta de que si era así, la respuesta fue demasiado para referirse a un hecho en particular.
Claro, hay que tomar en cuenta lo que había detrás del sentido de lo que quería decir el economista Ochoa con su referencia, y es que por aquí estaba aludiendo a la ignorancia de la que hacen gala estos señores; por lo cual, por supuesto, fue en lo que más se fijaron los medios de comunicación, que se ocuparon de reproducir en sus respectivos espacios lo dicho por éste: ignorancia hasta llegar al punto de cometer la barbaridad de presentarse frente a los medios de comunicación, y en cadena nacional con la pila de los lingotes de oro; algo tan truculento, como cuando le dio por exhumar los restos del Libertador, para ofensa de todos los venezolanos, mientras que esto del manipuleo de las reservas de oro no deja de ser una ofensa al Banco Central de Venezuela, como institución en sí, que le permite esto y mucho más, y lo cual es grave porque ese es el tesoro público, y que debe estar al resguardo en sus bóvedas como algo sagrado. Allí se veían ese día, detrás de nuestro teniente coronel, a los directores del BCV sumisos y lacayos; provocando vergüenza en el ánimo de muchos profesionales de la economía, sobre todo, porque estaban allí para avalar una profanación, pues no otra cosa se puede considerar este manejo tan alegre de nuestras reservas internacionales. ¿Lo sacó Chávez para lucir que somos ricos? Por aquí podría andar una de sus causas, lo cierto es que había mucho regodeo allí, y de aquí la displicencia frente al economista Ochoa.
Ahora, lo mejor que le ha podido pasar a Aristóbulo Istúriz es que, a ese respecto, la historia le dio la razón; habida cuenta de que él se opuso en aquel momento, en el que se toma la decisión de colocar esos lingotes de oro en bancos del extranjero, a dicha medida, por considerar que se estaba expatriando nuestra riqueza nacional, y así ha sacado a relucir esta bandera; llevando a cabo una exhibición en todas partes de todos los pronunciamientos, que hizo en los medios de comunicación de aquel entonces, para que se vea la clase de nacionalista que era. En ese momento su voz fue única en un desierto; sin embargo, habría de llegar un gobierno de su misma conciencia política y sus reclamos “patrióticos” serían correspondidos. El hecho es que este señor proyecta una sombra en su disertación, y es que no se da cuenta de que lo que tanto celaba regresa intacto; no le ha pasado nada, por lo que sus temores no dejaban de ser infundados, a ese respecto, y que aún él no está al tanto de la lógica del capitalismo, y la que, en efecto, echa de lado pruritos de carácter nacionalista o de otra calaña, cuando está de por medio el interés.
Porque lo más probable es que fue eso lo que privó en aquel momento, para tomar la decisión de llevar los lingotes de oro al extranjero, es decir, el interés; además, porque al menos en los gobiernos de la época del bipartidismo privaba una cierta racionalidad en las decisiones que se tomaban, y no como ahora que lo que priva es el impulso, un falso patrioterismo, que en el caso de Aristóbulo no condujo, finalmente, a nada; cuando, por el contrario, algunos economistas han advertido que el costo mismo de la movilización de las reservas para Venezuela va implicar una importante erogación del tesoro público. Digo falso patrioterismo porque aquí priva, en efecto, un interés, sólo que si en aquel momento fue de carácter económico: quizás al país le convenía tener esas reservas de oro ganando intereses en los bancos del extranjero; éste es de carácter político, y muy particular puesto que de lo que se trata es de asegurar el financiamiento del proyecto político de Hugo Chávez. Incluso, esto sí es falta de patriotismo lo que se quiere hacer con el oro de las reservas, y es entregarlo a nuestros nuevos acreedores, si es verdad lo que se ha corrido por ahí. De modo que aquí no priva sino la hipocresía, y se comprueba, como decía Octavio Paz, que todo nacionalismo es embrutecido y embrutecedor. Regresaron intactas las reservas, y se entregaron sin resistencia alguna. Aparte, de que no deja de mostrar una gran ignorancia nuestro teniente coronel, en lo que atañe al punto de vista que tiene sobre la situación de la economía mundial, haciéndose pasar por el previsivo de la hora actual, el hombre que se las sabe todas en el mundo, y husmea las situaciones, y entonces se jacta de sí mismo; por el hecho de haber nacido aprendido, y aprendido en todo; de modo que, saliéndole al paso a la jugada se trae lo que “es suyo”, y lo escribo así, en ese sentido, porque esta ha sido una decisión que no fue consultada con nadie; donde sólo está de por medio la voluntad de nuestro teniente coronel, que muy bien lo admitió, a propósito de la controversia que se suscitó a raíz de dicha orden, que él la dictaba porque le daba la gana. He allí la codicia a la que se refiere el economista Ochoa.
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